Susurros desde el reino caído
Un preludio de Tierras de Sangre IV: El reino olvidado de Val’Sacer
Habían transcurrido meses desde la liberación de Thaloria frente a las temibles fuerzas de la Hueste. Eurequia se alzaba en pie triunfante más fuerte de lo que había sido en décadas a pesar de que aún estaba recuperándose de las heridas recibidas, y todos los supervivientes que durante la invasión huyeron de la nación volvían ahora en pos de recuperar sus viejas costumbres y reconstruir todo aquello que no hubiese logrado salvarse.
La determinación del pueblo junto a la ayuda de los magos y druidas remanentes de la recuperación de la ciudad traía nueva vida a aquellas tierras que en algún momento se habían encontrado yermas y marchitas. Sin darle más importancia a todo el mal acontecido por aquellos lares las gentes trabajaban codo con codo luciendo una sonrisa en el rostro, y cuando no reían, bailaban, festejaban…
La luz de Candere brillaba cálida como nunca en el cielo diurno, al caer la noche las estrellas y Réseme guiaban a los viajeros que ya no temían a la oscuridad, y las cicatrices dejadas en Téseme desaparecían poco a poco bajo el incipiente verdor. Era como si los dioses, los espíritus y los mismos elementos hubiesen empoderado su forma con las renovadas esperanzas de las especies mortales de Omnia.
Reghel había perdido la batalla y todo el mundo lo sabía.
Dravena observaba aquel próspero entorno con el orgullo oculto bajo la máscara de seriedad impertérrita que tanto caracterizaba a la cabeza de la renombrada familia Valcourt y la Orden de Solarion, la barbilla alta mientras marchaba rodeada de sus fieles paladines camino a una pequeña taberna del pueblo de Lethos.
Era pronto por la mañana y todos trabajaban así que su presencia no fue tomada en cuenta salvo por algún que otro transeúnte improductivo a quien poco le importaban los tejemanejes de los soldados.
Con todo lo que aún era necesario hacer la impresionaba cuantiosamente la capacidad de tal cantidad de vagos por mostrarse de aquella manera y no sentir vergüenza alguna, pero no estaba allí para castigar gandules por lo que continuó el paso sin dar más espacio a pensamientos vanos. Ahora solo importaba la misión.
Quince días habían transcurrido desde el momento en que dio a luz, sin embargo en contra de todas las recomendaciones de las preocupadas matronas de su hogar tomó la decisión de actuar ahora que los ánimos permanecían en alza y el hierro vibraba candente, aún recordaba con todo detalle la cara de indignación de Lafler mientras esta la observaba ensillar el corcel la mañana de su partida.
«Ni una palabra a Hans», la hizo prometer a Laudis. El noble hombre tenía asuntos demasiado importantes que atender en la contienda entre Ámbar y Gorbaug y si hubiera sabido a dónde se dirigían dejaría todo eso en mitad de faena en pos de ir a disuadirla o peor, ayudarla. Ya era malo que una persona de alta estirpe se pusiese en peligro de esa manera, dos sería muy arriesgado.
Realmente no habría venido ella en persona si no fuese porque de ser ciertos los rumores quizás podrían asegurar un campamento de avanzada en pleno territorio enemigo, desde el cual la capacidad de reconquista de Val’Sacer estuviese apoyada sobre una columna firme y fuerte. Además se encontraba rodeada de algunos de sus mejores soldados.
Sus espaldas estaban cubiertas por Valash y Abaddon, dos reclutas Solarion armados con armas de llave de chispa y la valía de la juventud, lo suficientemente gallardos como para viajar sin vacilación hasta las fauces del Vacío, dispuestos a demostrar que eran dignos de formar parte de la orden.
A su flanco izquierdo el Coronel Aramis Soleil-Noir Avaler de la División de la Luna, con su mirada atenta y penetrante, lengua de plata, hábil con su espada y eficaz con su pistola; tramposo en toda ocasión.
En el derecho el Sargento Alain Gestoire de la División Solarion, un viejo tosco y algo lento, pero su experiencia en la caída del viejo reino era clave para la misión y no dudaba a la hora de tomar acción. Justo a su lado se encontraba Isilynor Wynnorin, su fiel consejero y mago élfico de edad inmemorial quien durante muchas vidas se había enfrentado a la oscuridad de Omnia.
Finalmente a su frente los Generales Theodore Dorne de la División del Sol y Keras ShedGereh de la División del Río, ambos guerreros sin parangón, supervivientes como ella de los ataques de la Hueste en su tierra natal, el primero con el temperamento de mover montañas en la batalla, el segundo alocado y granuja en la taberna, mas llegado el momento de guerrear se transformaba en una fuerza de asedio imparable.
Sí, con ella se encontraban sus más leales y eficaces paladines, para rematar la faena solo necesitaría la presencia de Lafler y por supuesto el General Solarion Arkaon Aetion quien era sin lugar a dudas el más hábil guerrero que se pudiese encontrar en Eurequia, mas ya sentía que dejaba su tierra desnuda sin su propia presencia y la de tantos de sus grandes, necesitaba al mejor de todos los soldados y a la Luna Llena en casa donde pudiesen anticipar cualquier amenaza inesperada, ya viniese de fuentes tenebrosas o de supuestos aliados ocultando un cuchillo en la bota.
Encima de todo su pequeño Alessio seguía en la ciudad y no podía permitirse dejar a gente de poca confianza con él, al fin y al cabo era sabido que los agentes profanos se encontraban por doquier.
Tras dejar las monturas en un establo llegaron a la taberna y tomaron asiento en una mesa apartada pues aunque no hubiese demasiada actividad no querían que algún habitual los interrumpiese en mitad de la reunión. El lugar era dignamente austero tal y como esperaban de cualquier establecimiento del pequeño Lethos, no un cuchitril de mala muerte sino uno cálido y acogedor.
Una vez todos se encontraron a gusto y con una bebida en mano Dravena les puso al día de la situación y lo que esperaba de ellos. Todos habían venido por su orden directa sin preguntas ni vacilación, pues cuando la Señora de Eurequia manda con decisión a los suyos lanzarse a ciegas a una misión secreta sin mencionárselo a nadie, sabían perfectamente que el asunto requería la más alta discreción posible.
Ni siquiera Alain, que en sus días tanto de caballero de Val’Sacer como de nómada mercenario era conocido por faltar en demasía a la autoridad, había objetado de ninguna manera.
La confianza de los paladines de Solarion en su líder no venía de la fe ciega ni el adoctrinamiento militar, sino de una verdad tan simple que resultaría desconcertante para los nobles de otros lares: se la había ganado en batalla contra la adversidad.
—Bien, ahora que estamos aquí es hora de contar por qué tanto secretismo. Durante un tiempo nuestros agentes de la División de la Luna que trabajan por la zona han estado escuchando una gran cantidad de rumores interesantes. Parece ser que recientemente ha habido avistamientos de actividad humana al otro lado de la frontera con Lilleum, cerca de un pueblo llamado Hirriet. Nadie ha tenido el valor de corroborar su veracidad hasta ahora, pero de ser ciertos podríamos entablar relación directa con esos supervivientes y construir un puesto de avanzada para la conquista de Val’Sacer, cuyos planes ya están siendo puestos en marcha. En pocas palabras, somos la avanzadilla de exploración.
Observó detenidamente los rostros de sus camaradas durante el pequeño silencio que se formó después con la expectativa de ver miedo en alguno de ellos, no obstante ninguno mostró tal cosa ni siquiera los reclutas ya que todos y cada uno de ellos había pasado por su propio infierno personal por culpa de Reghel y su Hueste y deseaban, a mayor o menor medida, retribución.
Theodore había perdido a su hermana por culpa de la corrupción del Vacío, Keras no era capaz de contar todos sus amigos y camaradas perdidos durante el ataque a su patria, la familia de Alain y sus señores Soleil-Noir esclavizados por las sombras y liberados por su espada hace tanto tiempo, los tres jóvenes huérfanos de Val’Sacer y Aramis entre ellos acababa de enterarse de la muerte de su esposa Diana en el asalto a Eurequia, e Isilynor, ¿qué podía decirse de él?
El elfo llevaba más tiempo en Omnia que muchas dinastías; su guerra contra la oscuridad comenzó mucho antes que el reino que pretendían recuperar. Ella misma había perdido a gran parte de su familia y su convicción era análoga a la que ardía en todos ellos.
A la hora de desafiar al enloquecido dios primordial ninguno titubearía, Valcourt había juzgado bien a la hora de rodearse de gente valiente y capaz unidos por la idea de que algún día podrían liberarse completamente de aquel que había trastocado el mundo con su crueldad.
Aramis acariciaba suavemente la perilla que crecía sobre su mentón, pensativo. Claramente la situación exigía cierta sutileza y si alguien sabía de tal cosa ese era él.
—Sería prudente realizar una pequeña investigación por nuestra parte en pos de recabar más información acerca de estos supuestos avistamientos —dijo con aquel tono casi susurrante con el cual solía transmitir sus pensamientos conspiratorios en público—. A lo mejor conseguimos asegurarnos de rascar unas migajas de sapiencia extra antes de lanzarnos sin más a la acción.
—Estoy de acuerdo.
—A mí me gustaría señalar —tomó la palabra Keras—, que ya que nos encontramos en una situación la cual requiere de total discreción por nuestra parte, la imperante necesidad de que vos adoptéis unas ropas más discretas, ya que si la cuestión es llamar poco la atención el semblante noble de Eurequia no ayuda.
—Cierto —continuó Alain—, teniendo en cuenta lo cerca que nos encontramos de la frontera con las tierras malditas y la capacidad de agentes enemigos por infiltrarse con efectividad, como hizo Varenthor, es menester tomar medidas para su seguridad.
La noble mujer no parecía del todo contenta con la idea ya que para ella portar los símbolos y colores de su hogar era un orgullo, no había mayor honor. Aramis no dudó en sosegarla al leer la expresión de su señora.
—Es solo temporal, hasta que lleguemos a una zona donde no haya posibilidad de espías o poco importe esa posibilidad.
Dravena respondió que aunque no le hiciese mucha gracia entendía la lógica detrás de esa acción, y si ayudaba a mantenerles tranquilos con respecto a su seguridad y trabajar mejor lo haría sin problema.
Abaddon y Valash se ofrecieron voluntarios para conseguir aquella indumentaria y con todo decidido estaban a punto de levantarse de la mesa cuando un par de soldados se les acercaron con cara de pocos amigos mirando hacia Theodore.
Inmediatamente confrontaron al grupo lanzando acusaciones de que el ahora General del Sol fue en su día un oficial inepto el cual provocó la muerte de muchos soldados, incluido Loren Valcourt primo de Dravena, en un asalto a una agrupación de orcos que se encontraban en algún lugar de Marcat del cual huyó como un cobarde tras iniciarlo sin información sobre la situación del enemigo.
La buena dama, pragmática como era, cuestionó con calma a Dorne respecto a esa inculpación.
—Mi señora, es totalmente cierto que me encontraba en esa posició cuando ocurrió el asalto —respondió firmemente—, no obstante todas las órdenes que transmití aquel día venían de una jerarquía mayó a mí, yo solamente fui el mensajero que las dio cara a cara. No permito que se me cuestione ni mi lealtá ni mi való, yo no huí de aquella batalla y la muerte de toda esa gente responde ante una consciencia que no es la mía.
Claramente ambas versiones aunque similares chocaban en el peso de responsabilidad que debía otorgársele a Theodore. Teniendo en cuenta la importancia de la misión en la que se encontraban Dravena no hizo sino prometer a los soldados que llegado el momento y una vez de vuelta en la capital se llevaría a cabo una investigación con respecto a lo verdaderamente ocurrido aquel día, mas ambos parecían decididos en que el castigo debía realizarse inmediatamente y tornaron las manos hacia el mango de sus espadas con la intención de ajusticiar al hombre allí mismo.
Los reclutas ya tenían las pistolas fuera de sus fundas, y tanto Keras como Alain sujetaban firmemente sus herramientas mortales; Dorne como es obvio no iba a dejarse matar por un par de impertinentes borrachos y su limitada paciencia estaba a punto de cruzar la línea.
Los paladines no iban a tolerar un ultraje tal y si no hubiese sido por una última actuación diplomática de la señora y Aramis, ambos hombres habrían caído al suelo antes de desenvainar. Finalmente se retiraron de vuelta a sus jarras dejando la advertencia de que posiblemente el general les clavaría un cuchillo por la espalda eventualmente.
El grupo se levantó de sus sillas y salieron para recopilar información con respecto a los avistamientos, todos menos Aramis que se quedó allí en pos de realizar su habitual juego de doble rostro y comentarle a los dos guerreros la posibilidad de que el pobre Theodore sufriese una desgracia en el camino —obviamente sin la real intención de que tal cosa ocurriese—, a cambio de que estos les mostrasen las patrullas de soldados que pudiesen interponerse en medio de su secreta misión.
Sin embargo como era de esperar no tenían demasiado que decir, ya que la División del Río se caracterizaba por su independencia a la hora de organizarse e incluso para miembros de sus filas era difícil determinar qué medidas de seguridad iban a ser las siguientes.
Keras mismo se había asegurado de esto ya que fue esa capacidad de adaptación a lo inesperado lo que consiguió que muchos de los suyos pudieran reagruparse para la reconquista de Thaloria.
Dorne se había dado cuenta de que tardaba en salir y le preguntó al respecto; el Coronel respondió con sinceridad. A este no le gustó para nada el ofrecimiento de su cabeza aunque hubiese sido en escenario hipotético.
El resto realizaron sus tareas como indicado. Valash y Abaddon consiguieron las ropas para Dravena mientras preguntaban por los rumores en el mercado, Keras fue al puerto en pos de interrogar a los pescadores y quizás conseguir un bote, Isilynor y Dravena permanecieron juntos por las calles del pueblo atentos a cualquier posible espía, Alain fue a preguntar a los viejos ya que en su opinión eran los que más se enteraban de estas cosas, pero ninguno llegó a obtener nada más de lo que ya sabían, solo quedaba marchar hacia allá y rezar para no morir en el proceso.
No obstante el mago élfico reparó en una cosa importante: la extraña calma que imperaba en Lethos. A pesar de encontrarse en plena frontera fluvial con los territorios de la Hueste, no había preocupación alguna por parte de sus habitantes y las patrullas eran realmente escasas. ¿No había ningún tipo de incursión por parte de las fuerzas de la oscuridad?
Ese extraño dato dejó consternado a Wynnorin y sin embargo no tuvo demasiado tiempo de comentarlo con sus aliados antes de su partida.
La decisión general en cuanto a la travesía fue ir a pie pues la idea de ShedGereh de usar un barco llamaba más la atención de lo que querían si había guardias dispuestos en las torres de vigilancia a lo largo de la costa, además de que la ruta sugerida por él provocaba un retraso excesivo y hacía más peligroso el viaje. De igual manera ir a lomos de los equinos destacaría en gran medida, por lo cual pagaron una buena suma a los establos tanto en pos de su cuidado como por silencio. Dejaron así Lethos atrás con preguntas que no tardarían en responder.
Llegar al puente oeste entre Fella Nova y Lilleum llevó poco más de un día y resultó sencillo, excesivamente sencillo. A la dama Valcourt, quien ya había vuelto a vestir sus ropajes habituales, y compañía les inquietó lo poco patrullada que se encontraba la frontera, sobre todo en la megalítica estructura que conectaba ambas tierras ya que no había nada ni nadie que les impidiese el paso, y eso era algo que añadir a la lista de cosas extrañas que no deberían ocurrir.
—No hay… ¿nadie? —preguntó una desconcertada Valash mirando a su alrededor, obteniendo como única respuesta el silbido del viento y la corriente del río pasando entre las pilastras pétreas al fondo del abismo.
Algunos oficiales debían tener la brillante idea de que si no se realizaban asaltos por parte de las criaturas vacuas entonces no debía haber peligro alguno. «¡Ilusos malnacidos!», pensó Keras, «¿Acaso no se dan cuenta de que eso es lo que quieren? Que bajemos la guardia». Lamentablemente el daño ya estaba hecho y solo los dioses sabían ahora cuántos enemigos cruzaban a diario aquel lugar sin más.
Sintió vergüenza de lo descuidados que habían resultado ser los suyos teniendo en cuenta las circunstancias. ¿Habría sido la invasión de Eurequia provocada por tal negligencia? ¿Fue culpa de los anteriores líderes de su división? El general apretó los puños con rabia silenciosa asqueado en demasía como para mediar palabra al imaginar cuántos espías habían entrado en el país como si nada.
Aramis y Alain intercambiaron una mirada que decía más que mil palabras reconociendo las implicaciones no mencionadas. ¿Era la nula vigilancia del lugar realmente producto de la ineptitud o tenía una intencionalidad oculta más insidiosa?
—Y me llaman a mí traidó y cobarde —señaló el General Dorne antes de dejar salir de su boca un húmedo proyectil como muestra de su reproche.
Dravena mantuvo la compostura como era digno de ella, pero la situación la disgustó en gran medida. Aún con sus reiterados esfuerzos por reforzar todos y cada uno de los puntos ciegos de su nación, había entre sus propias fuerzas quienes tomaban la decisión a consciencia de poner en peligro la seguridad de su gente. Theodore tenía razón, aquella afrenta significaba traición sin más ni menos y tenía claro que una vez regresasen de su misión el peso de la justicia caería como una montaña sobre los culpables.
—Sigamos caminando —ordenó Dravena con impasividad—, hay que centrarse en la misión. Ya trataremos esta herida cuando volvamos.
La escuadra continuó su viaje por las carcomidas piedras del antiguo puente invadidas por hierbajos y raíces resecas, los únicos seres vivos junto a las aves migratorias que parecían haber estado acompañando la estructura desde hace décadas, mas una vez alcanzada la mitad de la construcción ni siquiera a ellas se las escuchaba sobrevolar la zona y las plantas ya comenzaban a enfermar por su proximidad a tierras malditas.
Abaddon se asomó por el pretil observando la apabullante caída hasta aguas fluviales, no cabía duda de que aquel era el único lugar entre el mar y el curso alto del río por el cual cruzar ya que los acantilados entre zonas continentales debían poseer una verticalidad kilométrica.
Terminaron el cruce a últimas horas del ocaso justo antes del crepúsculo. Candere les había acompañado cariñosamente todo el recorrido pero ahora debían despedirse de ella sin vacilación. Frente a ellos se encontraba Lilleum envuelta en un aura neblinosa y sombría con grandes árboles retorcidos y tierra nigredo desprendiendo una sensación de muerte.
La desolación de la cual eran testigos les resultó familiar a todos, evocando recuerdos de hacía nueve meses cuando les era imposible saber si acaso podían ganar ante su tétrico enemigo, y los corazones se acongojaban a aquellas horas de la tarde con la expectación de una trágica batalla.
Por supuesto las tornas habían cambiado y ninguno entre ellos se sentía ya así pues cualquier duda de aquel entonces fue sustituida por imperecedera determinación, no obstante la mayoría notaba que algo no cuadraba pues en gran detalle se diferenciaba aquella oscuridad de la anteriormente encontrada, y solamente el viejo Alain quien en su día fue testigo de la caída de aquel reverenciado lugar llegaba a reconocer su esencia.
La presión en el aire, la densidad de la sombra que se les avecinaba mucho más intensa que la que hubiesen sentido en Eurequia. Bien sabía el guerrero la diferencia pues mientras la Hueste en Thaloria se había mostrado como una fuerza concienzuda y estratégica, recordaba de aquellos trágicos momentos hace dos décadas el arremeter imparable de criaturas salvajes y primordiales sin pensamiento alguno, sin titubeos, tan solo cosas nacidas puramente de las tinieblas más profundas del Vacío ajenas a toda razón.
Keras osciló su mirada entre la moribunda hora dorada y el pútrido lugar al que estaban a punto de ingresar.
—Sería mejor que acampemos y dejemos pasar el peligro de la noche.
—¿Estando a las puertas de su territorio? —cuestionó Dravena colocando las manos en su cintura como una madre que juzga a su cría.
—Seríamos como un dulce a la espera de ser devorado —coincidió Aramis con su señora.
—Con todo el respeto general —añadió Abaddon con tanta cortesía como ansias de continuar—, yo no he venido hasta aquí para tener pies fríos nada más llegar.
—No os preocupéis por la seguridad —acompañó Valash a su camarada recluta cargando el martillo de su avancarga a media distancia—, nosotros vigilamos la retaguardia.
La determinación de los jóvenes era encomendable, de eso no cabía duda alguna.
—No me refiero solo a la seguridad, estoy seguro de que con luz diurna nuestra tarea sería más sencilla. Podríamos volver al puente y…
De repente un estruendoso temblor provocó la caída de inmensas rocas al este de su posición como si la tierra misma se hubiera retorcido comenzando por el acantilado. Desde las alturas apareció la sombra de una pesadillesca criatura alada que los sobrevoló cual depredador acechando a su presa, mas la forma deformada que portaba era irreconocible a través de la negruzca niebla.
—Definitivamente nada de acampar —dijo Isilynor con cierto humor.
La dama Valcourt hizo callar y agacharse a los suyos a la espera de que la cosa voladora tomase la decisión de atacarlos o marcharse; por suerte fue lo segundo, aunque después de hacerles sufrir una tensa espera. Sin mediar más palabra la noble hizo un gesto con la mano ordenando continuar la marcha.
—Terminemos con esto de una vé —soltó Theodore más cabreado que asustado por aquel suspense.
—Yo iré delante —declaró Keras adelantándose sin esperar a que los demás le replicasen nuevamente.
En el momento que dejaron el puente a sus espaldas el Sargento Gestoire sintió en sus botas el crujir del polvo cenizo bajo sus pies y todo su ser se estremeció con el retumbar del pasado en su memoria. Miró entonces con ternura a los tres jóvenes huérfanos de aquella patria difunta y con tristeza en la voz dijo:
—Bienvenidos a casa.
La intensa noche se cernió sobre ellos en apenas unos instantes. Entre las caóticas ramas de los altos pilares de madera muerta y la miasma que de manera insidiosa cubría todo era imposible vislumbrar la presencia de Réseme a lo alto.
Viajaban hacia el sur siguiendo el caudal de un afluente sobre un camino de tierra yerma sin transitar por nadie vivo hacía ya dos décadas, sumidos en el más absoluto silencio ya que todos permanecían completamente alerta, especialmente Dravena, quien disimulaba entre rezos mudos el efecto que tenía sobre ella el escozor emitido por la gildada armadura que enfundaba su aún convaleciente brazo derecho.
No había dejado de molestarla un solo momento tras poner pie en aquel reino de muerte, y ahora que se encontraban profundamente en él le dolía en gran medida. Muy a su desgracia aún sufriría más, pues de repente este comenzó a arder provocando que a la dama le saltasen las alarmas.
Los aventureros escucharon antes siquiera de que su señora pudiese avisarles el terrorífico aullido de lo que en un principio creían que eran lobos corrientes. Sin embargo de la nada surgieron cuantiosas bestias semejantes a caninos bípedos a las lindes del camino, cuyas bocas goteaban saliva maloliente y sus ojos brillaban con un odio fantasmagórico: hombres lobo. Uno entre ellos era más grande que el resto, seguramente el alfa, que permaneció observando mientras el resto atacaba a los paladines.
Keras no dudó en hacer frente a aquellos que se encontraban delante del grupo y Theodore le siguió. Isilynor invocó a la llama quemando a aquellas criaturas que tenían la desgraciada idea de acercarse. Por la retaguardia cuatro armas de llave de chispa dispararon a las criaturas, siendo el rifle cargado de balas plateadas de la señora aquel que acertó al líder, provocando que el resto se estremecieran.
El viejo Alain se dio cuenta de aquello y apostando su vida a una jugada cargó contra el alfa mandoble en mano propiciándole un tajo que lo mató en el acto. Al ver esto los licántropos huyeron despavoridos, mas los campeones de Eurequia no pudieron cantar victoria pues el hedor de la muerte atrajo a necrófagos hambrientos que no tardarían en fijarse en ellos.
Fueron entonces nuestros combatientes quienes comenzaron a correr.
Cuando creían que las cosas no podían empeorar se manifestó en su camino un espíritu aullador sacado de las más siniestras pesadillas. El General Dorne se había adelantado e hizo ademán de partir en dos a la cosa endemoniada, mas antes de que este atinase un grito desgarrador incapacitó a todos y a él en mayor medida, ya que alucinaciones de la muerte de su querida hermana invadieron su mente, obligando a sus camaradas a contenerlo.
Los ataques de armas corrientes no parecían dañarla de ninguna manera y los monstruos devoradores se acercaban a velocidades inhumanas a sus espaldas. Isilynor actuó rápido pues él bien sabía que para combatir a las banshees se necesita una poción con el efecto de debilitar su forma etérea, y poco tiempo les quedaba para confeccionarla.
Antes de que les alcanzasen las criaturas lanzó el alquímico brebaje sobre el alma en pena y un tiro certero acabó con ella. Dorne pudo entonces salir de su embrujo y todos se adentraron a doble tiempo en otra capa más de la densa niebla sombría.
Habiendo dado esquinazo a las fuerzas del Vacío con el corazón en la garganta finalmente llegaron a Hirriet, el pueblo objeto de los rumores que tantas esperanzas podía albergar. No obstante cualquier ilusión por ver una comunidad fuerte e indómita ante la influencia de la corrupción se desvaneció cuando fueron testigos de la decadencia del lugar y sus habitantes.
Aquellos hogares cuyas maderas no se encontraban secas y agrietadas contrastaban con mohosa podredumbre, mientras que las personas que las poblaban eran apenas diferenciables de esqueletos vivientes. Sucios y malolientes sobrevivían a duras penas siquiera con la poca avidez de hacerlo, sus miradas se encontraban exentas de toda luz y anhelo por un futuro digno. La visión de tan tétrico escenario angustió a los paladines.
Preguntaron cautelosamente a una de las pobres personas por un lugar donde pudiesen resguardarse de la noche. Esta les miró con desgana anunciando su penosa existencia con una respiración débil y ruidosa a la par que levantaba su fino brazo en dirección a lo que en algún pasado lejano debió ser una posada.
En su interior tras una carcomida mezcla entre barra y recepción les atendió quien en su día debió ser el orgulloso dueño, ahora una sombra de sí mismo. Los guerreros actuaron con precaución; mientras Valash revisaba las derruidas habitaciones y el sargento intentaba hablar con el hombre, Aramis hacía guardia en la puerta del establecimiento del cual Abaddon, Isilynor y Dravena salieron en pos de explorar el pueblo.
Keras y Theodore permanecieron cerca de una gran hoguera en el centro de lo que habían identificado como la plaza vigilando a las extrañas gentes.
Con el paso de los minutos la noche alcanzaba su apogeo y la oscuridad que rodeaba al decrépito Hirriet se densificaba exponencialmente. Aquellos que estaban buscando qué existencias tenía el pequeño municipio solo encontraron polvo a lo cual determinaron que sería mejor marcharse del lugar por el paso norte, no obstante al regresar a la pira central Dravena sintió cómo su brazo ardía nuevamente. Fue en ese momento cuando Alain le hizo al posadero la pregunta que le había carcomido todo este tiempo.
—¿Eres tú el único que ve a través de tus ojos?
Este viró su mirada lentamente hacia él y sus órbitas se tornaron hacia atrás quedando completamente blancas.
—Ya vienen —respondió su áspera voz.
Los ojos del sargento se abrieron como platos cuando sus sospechas se vieron confirmadas.
—¡Valash sal de ahí, tenemos problemas!
Se reunieron todos al lado de las llamas cuando el rugido de las criaturas vacuas hizo eco por doquier y la silueta de otra ave tenebrosa era marcada por la luz de la hoguera.
Presentían que un ejército se acercaba hacia ellos sin dirección por la que poder huir así pues como medida desesperada ingresaron de nuevo en la posada, donde al igual que en el resto del lugar todo habitante se había desvanecido sin dejar rastro. Aramis reparó en que en ese tipo de locales siempre había una bodega donde guardar el vino a lo que comenzaron a buscar la entrada con presteza.
Dravena encontró la trampilla detrás de la barra e hizo a todos bajar antes que ella, pues como siempre estaba dispuesta a quedarse atrás para proteger a los suyos, aunque por suerte esta vez no fue necesario.
Pasaron los segundos, después los minutos, luego media hora. Los ruidos habían cesado y el brazo de la noble mujer no ardía con tanta intensidad, no obstante la tensión permanecía en el ambiente. Debían aprovechar aquella supuesta calma para descansar ya que continuaban despiertos después de más de un día de viaje y dificultades.
Dicho esto tanto la buena dama Valcourt como el General Dorne tomaron la decisión de realizar la primera guardia durante la cual entablaron conversación. El segundo confesó no sentirse el mismo desde la muerte de su hermana y temía que eso afectase a su forma de actuar, pero Dravena le consoló asegurándole que hasta ahora había obrado bien y tenía la certeza de que seguiría haciéndolo en un futuro, al menos si sobrevivían a la noche.
No habían terminado de conversar cuando las criaturas regresaron a Hirriet, los alaridos y chirridos formulados por sus gargantas profanas llamando al levantamiento de las tinieblas. Sabían que estaban ahí y tan solo esperaban a que saliesen para matarlos. Los paladines se hartaron, no iban a esperar toda la endemoniada noche a que quemasen el local con ellos dentro. La mayoría habían descansado lo suficiente y era el momento de luchar.
La aldea se encontraba rodeada de necrófagos ansiosos por hincar sus afiladas fauces en los héroes eurequianos. Allá a su frente permanecía inmóvil un Acólito del Vacío, una figura encapuchada que comandaba a las monstruosidades en la pelea.
Dravena rezó y su arma produjo un potente resplandor que lo alcanzó de lleno en la cabeza, sin embargo a pesar de que el ser se retorció el aura que lo envolvía era siniestra cuanto menos y las subsecuentes balas acertadas por la dama y compañía dañaban su cuerpo entre poco y nada.
Viendo esta situación Isilynor comenzó a formular una barrera de protección alrededor de sus camaradas exigiéndoles a estos que invocasen a los dioses como conducto para el hechizo. Aquella cúpula hierática quemaba a las cosas vacuas cuando estas intentaban atravesarla hiriéndolas gravemente, creando una buena zona para defenderse.
Entretanto su señora aprovechaba plegarias entre plegarias bendiciendo con poder divino su rifle mediante el cual mermaba sin pausa las fuerzas enemigas que se abalanzaban por la retaguardia. Keras cubría el flanco oeste y Aramis el este.
Todos permanecían en la protección mágica, mas Dorne estaba cansado de tanta criatura y se lanzó furiosamente hacia el líder sin percatarse de que uno de ellos lo iba a emboscar por su derecha. Alain ordenó a los reclutas que permanecieran junto a Madame Valcourt mientras asistía a su camarada y los fogonazos surgidos de sus pistolas de avancarga tumbaron a diversos ghules.
En algún momento del combate un par de aquellas cosas oscuras atravesaron la barrera, heridas sí, pero no lo suficiente como para cesar en su ataque. La primera atacó a Valash y si no hubiese sido por Keras se la habría echado encima. Primero le intentó clavar su arma en el pecho y viendo que esto no servía de nada le rebanó la cabeza.
La segunda se dirigía rápidamente hacia Wynnorin en pos de arrebatarles su defensa, mas el Coronel se interpuso rápidamente clavando su ropera en el vientre de la bestia que forcejeó con él intentando desgarrar al elfo haciendo uso de sus zarpas. No obstante Aramis tomó con la otra mano su pistola y le voló la tapa de los sesos a bocajarro.
El sargento llegó al fin junto a su amigo con el arma fuertemente sujeta entre las manos y el nombre del justo patrón Auriel presente en los labios. Con un fuerte golpe separó a Theodore de su agresor permitiendo que este recobrase el aliento.
—¿Te encargas del pequeño? —le preguntó al viejo con la mirada posada en la oscura figura del cabecilla.
—Oh sí, vaya que sí —sonrió Alain—. Tú acaba con ese mal nacido.
El General Dorne no dudó ni un instante y espada en mano cargó hacia el acólito. El viejo Gestoire poco tardó en cortarle la cabeza a la criatura, dándole el tiempo suficiente para observar a su aliado hundir el filo en el corazón del líder profano infligiéndole la muerte.
La cosa humanoide se deshizo ahí mismo siendo su fallecimiento acompañado por una cacofonía infernal procedente de los pocos engendros que aún quedaban en pie y ahora huían despavoridos. Acto seguido el más profundo silencio se hizo en el profano Hirriet.
Nuestros héroes iban a reagruparse con la intención de salir de aquel maldito pueblo por el paso norte como estaba planeado desde un principio y así volver a casa de una maldita vez, pero entonces ocurrió lo que ninguno podía haber prevenido jamás.
Dravena cayó al suelo retorciéndose entre terribles alaridos. El brazo no solo quemaba, no solo ardía; como si se encontrase sumergido en un pozo de lava borboteante y miles de agujas férreas se clavasen en él, el dolor impregnaba todo su ser. Sin embargo ella no fue la única que se desmoronó, ya que todos sus camaradas la siguieron segundos después.
Entonces vino aquella sensación oscura y fría dentro de sus pensamientos, el agujero tenebroso y viviente que solo unos pocos en Omnia pueden reconocer. Ellos lo hacían pues aquel mismo pavor, aquella hiriente indiferencia, la habían sentido hacía apenas nueve meses atrás en Eurequia.
Vieron pues en el ojo de sus mentes a una forma tanto divina como profana cuyo semblante lo componían una legión de almas en pena, y su cuerpo era la estela del éter puro que sucede a la muerte de las estrellas al final del cosmos. Habló entonces él, Reghel, en un susurro contradictoriamente atronador.
—¡Me encanta ofreceros esperanzas a los mortales solo para poder arrancároslas de cuajo!
Tras la visión todos notaron el temblor de la tierra y sabían perfectamente que nuevas amenazas acechaban en las inmediaciones del arruinado municipio, pero sus cuerpos se habían transformado en pesadas anclas imposibles de levantar y sus mentes poco a poco desfallecían. Isilynor entre ellos aún aguantaba en sus últimos momentos de consciencia el escudo protector cargado con las plegarias de los paladines más fieles de toda Thaloria.
En un último acto de rebeldía contra las tinieblas, el mago gesticuló con las manos y habló en el antiguo idioma de su pueblo silvano, impulsando la barrera en todas direcciones en una explosión de fe pura. Hubo entonces un resplandor tal que por un instante toda la tenebrosa neblina retrocedió permitiendo a los valientes observar la luz de Réseme brillar en el cielo un ligero instante.
Pero finalmente, tras aquello, todo se volvió negro.
Isilynor WynnorinMago élfico, su consejero
Theodore DorneGeneral de la División del Sol
Keras ShedGerehGeneral de la División del Río
Aramis AvalerCoronel de la División de la Luna
Alain GestoireSargento Solarion, veterano de Val’Sacer
AbaddonRecluta Solarion
ValashRecluta Solarion