Cartas de Jolie #7: 331 d.C

Permíteme lector quien pueda leer, valga la redundancia, una anécdota que cuando la recuerdo no puedo parar de reír. 

Ocurrió en una de nuestras grandes expediciones entre las muchas fronteras de Eurequia, nos detuvimos para descansar en un claro entre las montañas. Mi grupo de escolta estaba formado por una tropa tan dispar como la situación que nos une.

Mientras preparábamos el campamento, con la suerte de que habíamos cazado algún que otro animal. Uno de los elfos de Lilleum, Faelir, un guerrero esbelto y con el porte altivo pero joven y poco experimental, se acercó a nuestro fogón con una mirada de genuina curiosidad. Observaba con algo de recelo cómo Grum, una de los mejores herreros enanos de la Llanura del Hierro, cocinaba una especie de guiso espeso que él mismo había bautizado como “el manjar de las montañas.”

Faelir, con su tono solemne, le preguntó al enano si esa mezcla de ingredientes poco reconocibles era en realidad comestible, a lo que Grum, sin perder la compostura, le respondió: “Por supuesto, orejas puntiagudas, esto es comida de verdad. No esa sopa de hojas que los vuestros llaman almuerzo.”

Lo que sucedió después fue un auténtico espectáculo. Faelir, con su gracia casi etérea, decidió probar un poco del guiso. Apenas dio el primer bocado, su rostro, siempre tan estoico, se retorció en una expresión de absoluto desconcierto. Los elfos no están acostumbrados a la comida enana, mucho menos a su intensidad. Entre risas, Grum le dio una palmada en la espalda que casi lo hace caer, diciéndole: “Ves, solo necesitas un estómago más resistente, pero con esto, muchacho, podrás trepar montañas.”

Lo gracioso fue que, después de la burla inicial, Faelir decidió terminar todo el cuenco, con los ojos llorosos y el rostro enrojecido, pero con una determinación casi épica, como si su honor dependiera de ello. Grum, por supuesto, no pudo parar de reír, y de vez en cuando lo alentaba con frases como: “¡Así se forjan los héroes, chicos!”

En ese momento, rodeada de mis compañeros más inesperados, me di cuenta de lo extraño y maravilloso que puede ser nuestro mundo. El humor trágico de todo esto es que, en medio de la mayor oscuridad, son estos pequeños momentos los que nos recuerdan que la vida sigue adelante, de formas que nunca podríamos haber imaginado.

Jolie Lyssenfleur

Cartas de Jolie #7: 331 d.C

Permíteme lector quien pueda leer, valga la redundancia, una anécdota que cuando la recuerdo no puedo parar de reír. 

Ocurrió en una de nuestras grandes expediciones entre las muchas fronteras de Eurequia, nos detuvimos para descansar en un claro entre las montañas. Mi grupo de escolta estaba formado por una tropa tan dispar como la situación que nos une.

Mientras preparábamos el campamento, con la suerte de que habíamos cazado algún que otro animal. Uno de los elfos de Lilleum, Faelir, un guerrero esbelto y con el porte altivo pero joven y poco experimental, se acercó a nuestro fogón con una mirada de genuina curiosidad. Observaba con algo de recelo cómo Grum, una de los mejores herreros enanos de la Llanura del Hierro, cocinaba una especie de guiso espeso que él mismo había bautizado como “el manjar de las montañas.”

Faelir, con su tono solemne, le preguntó al enano si esa mezcla de ingredientes poco reconocibles era en realidad comestible, a lo que Grum, sin perder la compostura, le respondió: “Por supuesto, orejas puntiagudas, esto es comida de verdad. No esa sopa de hojas que los vuestros llaman almuerzo.”

Lo que sucedió después fue un auténtico espectáculo. Faelir, con su gracia casi etérea, decidió probar un poco del guiso. Apenas dio el primer bocado, su rostro, siempre tan estoico, se retorció en una expresión de absoluto desconcierto. Los elfos no están acostumbrados a la comida enana, mucho menos a su intensidad. Entre risas, Grum le dio una palmada en la espalda que casi lo hace caer, diciéndole: “Ves, solo necesitas un estómago más resistente, pero con esto, muchacho, podrás trepar montañas.”

Lo gracioso fue que, después de la burla inicial, Faelir decidió terminar todo el cuenco, con los ojos llorosos y el rostro enrojecido, pero con una determinación casi épica, como si su honor dependiera de ello. Grum, por supuesto, no pudo parar de reír, y de vez en cuando lo alentaba con frases como: “¡Así se forjan los héroes, chicos!”

En ese momento, rodeada de mis compañeros más inesperados, me di cuenta de lo extraño y maravilloso que puede ser nuestro mundo. El humor trágico de todo esto es que, en medio de la mayor oscuridad, son estos pequeños momentos los que nos recuerdan que la vida sigue adelante, de formas que nunca podríamos haber imaginado.

Jolie Lyssenfleur