Cuentos de Omnia

Seralyne, la Última Reina de Ámbar

En las abrasadoras aguas del Archipiélago del Horizonte, donde el astro rey se esconde, semejante a una joya sangrienta a la caída del sol, se levantaba la legendaria Isla de Ámbar, regida por una lumbre vital, sagrada, incólume: la Llama Dorada, que no se sometía ni a linajes, ni a cetros, solamente a el alma meritoria.

Al ser la Reina Seralyne de Solaria escogida por la Llama al cumplir diecisiete años, todo el dominio fue testigo de cómo el fuego se humillaba frente a ella. Guerrera, conocedora y temida, gobernó con férreo carácter y sin monarca. Su supremacía era absoluta, y su autonomía, intolerable para los veteranos de la agrupación mágica quienes por siempre habían manejado los hilos del mando: el Consejo Estelar.

El Consejo era una casta de hechiceros masculinos que desde tiempo atrás le susurraban a soberanos, tergiversando el destino conforme a sus caprichos. Empero Seralyne no los temía, no. Ella dialogaba con los volcanes. Ella volaba dragones.

De esta forma, planearon su ruina.

Maelvor, el más joven y ambicioso de los consejeros, se ofreció en nupcias. Simuló sumisión, cariño, sencillez.

Y Seralyne, ansiando una paz delicada por alejar la guerra civil, accedió a la alianza.

En la noche nupcial, mientras Ámbar se regocijaba, los magos invocaron un rito vedado, el Velo del Olvido, que destrozaba el vínculo entre el alma y la Llama. Seralyne fue despojada de su esencia ígnea. En su sitio, Maelvor fue designado “Rey Consorte Guardián de la Llama”, aunque era evidente que el Consejo manejaba los hilos desde las sombras.

Seralyne fue desterrada al Desfiladero Negro, y nadie creía en su supervivencia. Pero no solamente vivió: regresó, con una mirada flamígera alimentada por una ira incontenible por los dioses.

Por una década, uno por uno, los magos implicados en su traición desaparecieron en sucesos inexplicables. Maelvor apareció convertido en cristal, sin vida. Las aguas del puerto hirvieron sin causa alguna. Las estatuas emanaron sangre. Seralyne, apodada la Reina Rota, acumuló aliados entre brujas, monstruos y marginados.

Por último, marchó sobre Ámbar.

La contienda persistió tres días y tres noches. El cielo se ensombreció con hollín, los mares se elevaron en llamas, y los cimientos del mundo temblaron.

Al último momento, Seralyne entró al Templo de la Llama, sola y resuelta a tomar lo que le correspondía.

Más el Consejo, anticipando su furia, había atado la Llama Dorada a un sello muy fuerte, alimentado con sangre inocente. Aquel ya no era un fuego justo, sino una prisión. Cuando Seralyne trató de fundirse una vez más con la Llama, fue consumida…

No ardió, no; Se petrificó, eso sí.

Su cuerpo sigue allí, en el altar central, convertido en estatua negra, agrietada. Y a veces sale humo de su boca.

Desde entonces, el Consejo manda en Ámbar. Los gobernantes, efímeros, van y vienen; Pero los magos perduran, eternos, ocultos detrás de velos de oro, tramando profecías, nombrando reyes.

La historia oficial la conoce como "Seralyne la Hereje". Sin embargo, en las canciones secretas de los exiliados aún se canta su nombre. No se reza para que vuelva, no. sino ¡por su venganza!

Y algunos aseguran que, cuando la Llama brille de nuevo con fuego puro, lejos de el frío resplandor de la magia robada, la Reina Rota, despertará.